...y regresaba a casa después de una tarde de juegos y merienda callejera, chusco de pan, onza de chocolate, mi madre fruncía el ceño y se apresuraba a decirme límpiate esas burriagas.
Burriagas.
Me gusta la palabra: Burriagas...
En mi diminuto recuerdo, tengo presente a algunos niños de mi barrio. Niños cuyas caras permanecían sucias durante todo el día.
Cuando un niño era así, de burriagas insistentes, los demás lo tildábamos de burriagoso; y normalmente lo corríamos a cantazos entre risas.
Pero él no se reía, y si lo hacía -que no creo- no apreciábamos el gesto ¡Por Burriagoso....!
Aquellos burriagosos de mi infancia no tenían necesidad de merendar pan y chocolate para andar así de sucios. Les bastaba con ser pobres; tener un padre en la cárcel, un montón de lágrimas surcando sus mejillas, y una madre que apenas les prestaba atención, pues ella perdía el día limpiando las burriagas de los hijos de los otros.
A los hijos de los otros también los corríamos a cantazos y si alguna vez se atrevían a aparecer por el barrio. No te jode...
Pero no les rompíamos la cabeza por burriagosos, no; sino por vestir ropas nuevas. Jamás les veías con pantalones heredados de sus hermanos, calcetines zurcidos, camisas remendadas...
Qué cabrones; qué límpios iban...
A mi, la verdad, me daba pena correr a cantazos a los pobres y a los ricos, y porque nunca vi a ninguno merendar en la calle ¡Qué hambre no pasarían! los unos y los otros.
Nosotros: que éramos como moscas tanto en número como en razón, y que ahora hemos olvidado cuánta harina es necesaria para producir un kilo de pan, cuánto pan precisamos para acompañar una onza de chocolate, y la velocidad de las piedras que nunca comimos; nosotros, digo, ya no somos nosotros.
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Dedicado a don Luis García Berlanga, quien un día limpió mis BURRIAGAS y para descubrir que, bajo ellas, yo tenía una sonrisa.
Muchas gracias, Luis.
3 comentarios:
Precioso homenaje.
Un beso
Un discreto y sincero homenaje hecho en vida, Mercedes; porque cuando el viernes escribí estas líneas, no sabía que iban a concluír acordándome de Luis, ni dedicándoselas a él. Mucho menos instuía que, unas horas después, se iba a marchar...
Un lujo haber conocido a don Luis García Berlanga: honesto, divertido, generoso, inteligente, muy, muy sensible, de mirada limpia...
Y sí: en sentido figurado, Luis me limpió una vez mis burriagas descubriendo una sonrisa que yo no conocía.
Muy bonito. Me ha encantado.
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