
A estas alturas de nuestro voluble espíritu democrático, pocos son quienes se extrañan porque alguien tenga un marido llamado Manolito...
Por el contrario, siguen siendo extraños, desconocidos y preenjuiciados, algunos insectos patrios, así como sus comportamientos y relación con los humanos.
Una vez que the Manolito husband consigue deslizarse sobre el brazo de la señorita Murray y posar guapo -son de lo que no hay, en lo tocante a coquetería- escuchamos un grito en la casa...:
¡Arrrrrrgggggg...!
-Disculpen la farragosa onomatopeya, pero supongo que se harán una idea-.
Al grito le sigue la carrera de un ser quijotesco....
Se trata de un señor fontanero, quien deambula soñando faenas por la casa, y que ahora está junto a Rachel: A punto de descargar un golpe de llave inglesa sobre nuestro hermoso conjunto humanoentomológico.
Luego de convencerlo para que no agreda tan preciosa escena, y ya más calmado, aunque aún con terror en sus ojos, el fontanero galante acierta a balbucear...
- ¡Pero le va a picaaaarrrrrr...!
- No, las mantis no pican.
- ¡Pero es venenoooosaaaa...!
- No, las mantis no son venenosas.
- ¡Pero le arañará el brazo con esas púuuuasssss...!
- No... ¡Pero qué manía tiene usted con que el bicho pique, envenene o arañe...!
- ¡...Pero que se comen al macho después de copulaaaarrrrr...!
- ¡Que noooo...!
Desconozco si tanto terror, poco o nada fundado, es genético o educacional.
Genético, sí; porque aún seguimos en la caverna, protegidos en la noche por la hoguera que nos defiende del resto de Animalia.
Educacional, también, y porque en nosotros subsiste y persiste un ánimo sadomasoquista que nos fue inoculado en la infancia -y esto, ay, sí que es veneno- por unos señores vestidos con faldones negros, pertrechados con palabras necias, y almenados tras oidos sordos.
Sí: aquellos que siempre adornaron el lugar de reunión de niños y adultos con imágenes sanguinolentas; escenas de torturas, flagelaciones, asaetamientos, golondrinas ferrofagas y perros sin rabo.
-¡ay...!-
Mientras hago unos clicks, Rachel le explica al señor fontanero -inteligente, abierto y comprensivo- que en su país, Australia, el insecto más pequeño tiene la cabeza como un malacatón, y que en lugar de lente macro, es preciso el uso de otra, gran angular, para que todos los miedos quepan en una fotografía.
Y ahí, ¡Ay! es cuando nos desmayamos el resto de los presentes.
Eso sí: sin hacernos cruces. Pues bastante cruzadas nos dejaron las caras y las educaciones en nuestras infancias.
Amén, que tengo que freír unas cocretas