Tiene que hacer unas fotos de la hostia, tú. Y el objetivo se le ve bueno; bien gordo. Seguro que hace unos zooms que te cagas, colega... ¿Y hace películas, o algo...?
Estas y otras sabias apreciaciones vengo escuchando desde hace una semana, pues he adquirido un cuerpo de cámara nuevo, y una lente, pichís, pichís...
Mi nuevo equipo, eso sí, es mucho más cantoso. ¡Que se note..!
El tamaño pone mucho, sí. También la marca. Mi nueva marca se marca unos solos en la correa que no existe ave que iguale su trino. Tengo que cambiar esa correa. Y el logo. La voy a pegar un tuneado que cuando termine va a parecer la que me regalaron juntando platinas del chocolate.
A ver si es posible que así me dejen en paz. Qué cruz...
He dispuesto de poco tiempo para probar la novedad, y aún tengo que ir haciéndome con su buen comportamiento. Dignificarme para dignificarlo. Empezar, casi, de cero. Toqueteando botones para exprimir sus posibilidades y en mi cruzada por la luz natural. Una cruzada en la que no existe más infiel que evangelizar que uno mismo. Amén.
Las dos primeras imágenes están tomadas con el equipo nuevo; grande y negro; con zoom laxante y soprano de serie. Las dos últimas están tomadas con el equipo antiguo. Ese que, cuando me veían pasar, dormía sonrisas y despertaba miradas de conmiseración.
Uno, que también es un poco conmiserable, se conmisera con Zerynthia rumina. Observo, de año en año, ejemplares más escuchimizados, cuasi exangües; de estructura tan perjudicada que podrían ser confundidos con un ayuntamiento cualquiera. Sólo el olfato hace distinguir que uno se encuentra ante un lepidóptero, y no ante un consistorio. Y es que la consistencia del olfato, como la de la lengua, permite que diferenciemos entre olores y aromas.